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29/9/15

Respuesta de la seño a de Luis y Anónimo.



¿Qué tal compañeros? Por alusión me dirijo primero a C. de Luis y a "Anónimo" que, de forma cálida y afectuosa- se interesan por el testimonio de mi paso por nuestro Preventorio. Haré lo que pueda por recordar sin olvidar que entonces contaba con tan sólo quince años por lo que era tan inmadura, e incapaz de analizar aquella dura realidad, como vosotros.    
Mis vacaciones (por las que te interesas), C. De Luis, han sido muy gratas, las he compartido con mis nietos hasta que comenzó el curso escolar, esa es la razón de mi tardanza en contestaros y, como no, encantada de que me tutees. 
En su momento leí todas y cada una de vuestra vivencias, reflejadas en el blog que dirige nuestro compañero Scila. No salía de mi asombro al leeros, aquello que contabais no podía ser cierto, si bien estaba de acuerdo con muchas de ellas, con otras rotundamente no podía estarlo, por lo menos los niños que yo traté no pasaron por aquello.  Creo recordar que fue a principio de 1960 cuando llegué al Preventorio de la mano de mi madre, con toda clase de carencias y sin haber terminado mi enseñanza primaria, en busca de un futuro mejor. Pasados unos meses como "invitada" en la Institución, pasé a formar parte de la plantilla de trabajadores realizando todo tipo de trabajos, incluso los más duros pese a mi edad. Transcurrido un tiempo me propusieron ser guardadora de niños. El cambio era muy importante para mí, no lo dudé: acepté de inmediato. Me enviaron al Sr. Instructor para que me informase debidamente en qué consistiría mi nuevo trabajo. Estaba muy ilusionada, llevaba meses viendo pasar a las cuidadoras, tan elegantes con su bonito uniforme, siempre tan serias, y los niños tan disciplinados y bien formados, que no podía creer que iba a convertirme en una de ellas.
Pues bien, la única formación que recibí para hacerme cargo de 30 chavales- entre 6 y 12 años- fueron las palabras del Instructor: “Lo único que usted tiene que hacer, mientras sea cuidadora correturnos, es fijarse mucho y aprender de sus compañeras. Observe como actúan ellas con los residentes y ya irá usted aprendiendo".
Aquí acabó, antes de comenzar, el “cursillo” de formación.  Eso fue todo lo que se suponía debía saber. Ignoro si el resto de mis compañeras recibieron la misma capacitación pero al menos eran, casi todas, mucho mayores que yo. Me sorprendió recientemente escuchar a la que fue maestra en el Preventorio, en su intervención telefónica en Antena-3, afirmar que ella era responsable de formar a las cuidadoras para la delicada tarea de tutelar a los niños, jamás supe que esa formación se llevase a cabo con nadie.
Sí recuerdo perfectamente que las compañeras que accedieron al puesto de cuidadoras después de mí lo hicieron por el mismo procedimiento. Durante todo el tiempo que fui guardadora, ni una sola vez nos reunieron para hablar sobre los niños, sus problemas o necesidades. La jornada en el Preventorio empezaba a las 8:00 y terminaba a las 21:00. Una vez que los niños desayunaban y hacían las camas- aunque no era su obligación- salían a "pasear" al bosque o a la playa- sí,  sí, tal como lo contáis- hasta la hora de comer. Finalizada la comida, hacían la siesta. Tras la siesta, siempre formados, iban a la despensa para recoger la merienda. Luego el paseo de la tarde, y poco más hasta la hora de la cena. No recuerdo que fueran todos los días a rezar el rosario como algunos dicen recordar. Rara vez ibais a la escuela, no había biblioteca, o yo no supe nunca dónde estaba si la había. Leíais vuestros tebeos, jugabais con cromos o con las tabas. En invierno hacíais  pulseras de conchas para vuestras madres, bien en el pabellón o en el solárium, sólo salíais del recinto poco antes de regresar a vuestras casas para comprar regalos a vuestros familiares, o  si estabais enfermos y no se os podía tratar en la enfermería.
En el tiempo que yo estuve, como acto lúdico, se hizo una representación teatral sobre zarzuela, también os acompañé a un partido de fútbol al campo del Nastic y a una corrida de toros. Como veis cosas poco atractivas para niños, tampoco visitasteis la hermosa Imperial Tarraco, que seguro os habría encantado en versión infantil. Los padres casi nunca os visitaban, no eran tiempos para gastos en viajes, tampoco recibíamos visitas de los tarraconenses, creo que para ellos era un lugar incómodo por la historia que arrastraba el Centro. A los trabajadores, cuando contábamos donde estábamos, no se nos miraba con agrado, al menos así lo percibía yo.   
 Si os parece, en una próxima intervención, os hablaré de lo que más os interesa: de mi visión del maltrato, la sed, las deposiciones, los vómitos, los baños en la playa, el aseo en los pabellones, de los viajes de ida y vuelta, de las retenciones de vuestras cosas personales...
Un abrazo sabinosos.
L.      25/09/2015